UN ESCONDITE PERFECTO

Un par de horas más tarde, estábamos en la capital de Laos, Vientiane… Leí en un libro, hace un tiempo atrás, que las capitales son el punto de partida a conocer, de cualquier país en el mundo, ya que ahí se puede ver la esencia de cada lugar… Disiento con este pensamiento (por lo menos en esta ocasión)… Mi idea era dejarme guiar por esta admirada persona, pero al llegar, tuve una mezcla de sentimientos… Era una ciudad enorme pero, al revés de las grandes urbes, en ésta no había vida alguna… No había gente circulando ni embotellamiento de autos… La paz se respiraba a cada paso, pero no era del tipo que a mí me gusta ingresar en mi cuerpo… Era una paz que me llenaba de aburrimiento… ¿Cómo íbamos a escapar de esa capital sin agobiarnos previamente? Decidimos salir en busca de “algo más”, pero ese día tuvimos que conformarnos con una simple ciudad desierta que nos hizo encerrarnos en nuestra habitación a descansar… Disfrutando de la mejor pizza del sudeste asiático, una buena peli y una “beerlao” bien helada (sí, nos la rebuscamos para pasarla bien pese a todo…)

Por suerte, tuvimos que quedarnos un día más, ya que, a las 6 de la tarde, salía nuestro bus rumbo al siguiente destino… Ese nuevo día, lunes, la ciudad cobró otro aire… Pudimos ver gente en las calles, panaderías abiertas estilo francés, empresarios paseando en sus lujosos autos sobre la parte burocrática de la ciudad, turistas ansiosos por descubrir algo más… No perdió su paz característica, pero esta vez, me dio la energía justa para alquilar una bici y emprender camino rumbo a los monumentos más conocidos de esta calmada urbe…

Así fue como conocimos “el arco” laosiano, el cual no logró deslumbrarme, pero tuvimos un momento de fama que logró alegrarme el día… Varios habitantes quisieron sacarse fotos con nosotros, fascinados por ver dos rubios perdidos en medio de una gran ciudad, y me di cuenta que no era sólo yo la que sentía admiración frente a las diferencias raciales, si no que ellos también la sentían por mí… No era sólo yo la que buscaba amor en ellos, si no que quizá ellos también me buscaban para encontrar una respuesta… Así que cargados de energía, seguimos a la siguiente parada…

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Arco Laosiano

“La estupa”, el monumento más conocido de Laos… Estaba cerrada así que tampoco logró deleitar mi vista… Aparentemente esta ciudad no iba a tener nada mágico que regalarme… No podía irme con esa sensación amarga de haber conocido una ciudad tan grande que no tuviera nada que me motivara…

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La Estupa

Seguimos bicicleteando sin rumbo, camino a perdernos para encontrar algún camino que nos dejara donde buscábamos… Fue ahí, donde logré descubrir que esta enorme ciudad sí tenía algo para regalarme… Los minutos pasaban y el cielo empezó a teñirse de mil colores, hasta que finalmente logré contemplar un atardecer del color de la túnica de los monjes… Sí, logré contemplar un cielo que nada tenía que ver con esa ciudad enorme y aburrida… Logré descubrir que valió la pena cada minuto de agobio por poder tener el beneficio de estar sentada en una tribuna de cemento, diseñada exclusivamente para que miles de personas, como yo, se sentaran día a día en ella y lograran encontrar que Vientiane no era una simple ciudad… Era una ciudad desierta y callada en la que sólo bastaba con mirar sus atardeceres para escucharla hablar tan fuerte, que tus aturdidos ojos lloraran al sentirla…

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Todos los días me despierto sintiéndome extremadamente afortunado… Las personas me preguntan por qué viajo y he de confesar que esa pregunta a veces me hace sentir culpable… Alan, ¿Por qué viajas?… La verdad, porque yo lo elegí… No fui un niño viajero, ni siquiera fui un adolescente viajero… No me interesaron los libros hasta después de los 20, y, como la mayoría de las personas, pensaba que recorrer el mundo era para los ricos o muy afortunados… Hasta que viajé… Trabajé y ahorré durante 6 meses para hacer mi primer mochilazo a Asia… Ahí comprendí que viajar no es gratis, pero vivir tampoco lo es… Hay gente que ahorra para comprarse la ropa que le gusta o el auto de sus sueños… Yo ahorro para comprarme los mejores recuerdos… Viajar ha sido una decisión más que un destino… He decidido que voy a invertir el fruto de mi trabajo en experiencias, en cosas que me lleve a la tumba… Sé que allá afuera hay un mundo esperándome y no pienso faltar a la cita… Quiero respirar otros aires, pisar otras tierras, sonreír sin idioma y gozar cada rincón de este planeta al cual llamamos hogar… Si tengo la oportunidad de llegar a viejo, quiero que al mirar atrás en el álbum mental de mis recuerdos, suspire y diga:

¡QUÉ INCREÍBLE VIDA TUVE!

Tengo la sensación de que cuando mi vida termine, alguien tomará mi mano y me preguntará ¿Te divertiste?…  Tú, ¿Qué contestarías?… Como dicen por ahí, no viajamos para escapar de la vida, si no para que la vida o se nos escape…”

AXEM.

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