LABRADORES DE ALIMENTO

Estábamos volando a una velocidad incalculable… De repente un extraño artefacto metálico nos encerró entre sus paredes… Ya no éramos nosotros y el viento… Estábamos desesperadamente encerrados… El mínimo control que habíamos logrado tener sobre nuestro cuerpo se había esfumado… Nos encontrábamos en manos de una cápsula… Así que no tuvimos más opción que dejarnos llevar, ya que sabíamos que llegaríamos a nuestro objetivo en sólo una hora…

Una hora que se fue transformando, de a poco, en la hora más aterradora de nuestras vidas… Mirábamos a través de una minúscula ventanita desde la que sólo podíamos divisar masas de gotas microscópicas, moviéndose lentamente sobre una esfera celeste… El panorama parecía calmo pero bastaba con que el artefacto ingrese en una de esas masas, para que nuestro cuerpo se sacudiera incontrolablemente… Miramos nuestros relojes y supimos que deberíamos haber llegado a nuestro objetivo unos cuantos minutos previos… ¿Qué estaba sucediendo? ¿Por qué estábamos dentro de una máquina que imposibilitaba nuestros actos? ¿Por qué no habíamos llegado a nuestro destino en el horario pactado?… Empezamos a desesperar… La calma que habíamos logrado se difuminó en cuestión de minutos y mis lágrimas empezaron a brotar sin que mi cerebro lo ordenara… Intentamos consultarle a quienes parecían entender mejor sobre el tema, pero su respuesta no nos calmaba lo suficiente… Empecé a desconfiar de la suerte de la moneda… Empecé a pensar en el destino… Empecé a pensar en mis seres queridos… Empecé a creer que quizá la moneda me estaba avisando de un destino pactado del que yo no estaba siquiera enterada… Pero cuando mis pensamientos empezaron a ser muy intensos, moví mi mente del lugar donde estaba y la transporté a mis mágicos momentos de felicidad y paz… Así logré que mi mente se abstrajera de la situación, ya que sabía que, con un motivo inconcluso y sin que mis sentidos funcionaran, iba a ser imposible actuar… Viajé al pasado… Me dejé volver a mis 5 años, donde jugaba a la ronda… Y dejé que esos años se fueran transformando en siglos y siglos de paz… Hasta que, mientras recordaba viejos tiempos, escuché una vocecita… “Señores, nuestro avión va a regresar a su origen debido a inconvenientes de aterrizaje”… Fue todo lo que bastó escuchar para poder permitir a mi mente regresar al presente, relajarse y advertirle que no iba a pasar ni 5 minutos más sobre un artefacto de ese tipo y en esas condiciones…

2 horas después, estábamos haciendo nuestro segundo intento por llegar a destino, en uno de los medios que se había convertido en nuestro preferido… Las ruedas del tren, luego de 12hs, lograron acercarnos a la fantástica Yogyakarta… Al fin habíamos logrado pisar tierra Indonesa sin fantasmas que nos atormenten…

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Callecitas de Yogyakarta

El sol brillaba tan fuerte que logró quemar los recuerdos del suceso acontecido recientemente y puso nuestros sentidos en modo “descubrir”… Así, salimos a perdernos entre las miles de callecitas entrecortadas de una ciudad de 1755, cuyo sultanato formador sigue vigente hasta el día de hoy, lo que permite que cada paso dado, alrededor de ella, te adentre más y más en su historia y te transporte a sus comienzos… Pasamos un día dejándonos llevar por cada historia contada en cada esquina, degustando delicias típicas del lugar y hablando con tantos narradores de historias como pudimos… Y cuando creímos haber recolectado la cantidad de datos y narraciones necesarias, pusimos nuestros pies sobre ruedas rumbo al siguiente rincón de ese fascinante país…

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Callecitas de Yogyakarta

Horas después, nos encontrábamos en una ciudad de la que teníamos que huír antes de que se haga de noche, ya que nuestro objetivo estaba sobre su cabeza y no en sus pies… Tomamos una mini van en la que conocimos uno de nuestros tantos guías espirituales que se cruzaron a lo largo del viaje… Un médico cuyo sueño era conocer el mundo; por lo que a lo largo de sus 38 años había logrado conocer, entre sus miles de otras tareas que lo mantenían ocupado salvando vidas, recorrer 110 países, conociendo lo mejor de cada uno… En mi cabeza, todo lo que pude pensar fue que esa personita había sido puesta a nuestro paso para enseñarnos una nueva lección en la que se personificaba la frase de que no hace falta ser un loco ni un hippie para amar al mundo… Que no hay que dejar de lado las responsabilidades para viajar… Que no hay que ser un vago para que el mundo te meza entre sus brazos… Que no hay que dejar de estar cuerdo para que tu mayor sueño sea el de recorrer cada rinconcito de este mágico regalo que se nos hez puesto, a cada uno de nosotros, en nuestro camino, y que sólo basta con animarse a abrirlo para que la magia empiece a hacer lo suyo…

Como todo lo que reamente vale la pena conlleva sacrificios, 3am nos estábamos levantando rumbo a un paraíso terrenal… No fue nada fácil trepar entre matorrales de tierra mojada y granito que se deshacía a nuestro paso; no fue fácil andar entre la oscuridad intercalando la visibilidad entre dos pasos nítidos y tres de oscuridad; no fue fácil caminar en inclinación; no fue fácil mantener una buena respiración, estando a 2329 metros de altura; no fue nada fácil, pero al llegar a la cima y ver tal espectáculo, lo vivido se transformó en una odisea fantástica que mis pies y esfuerzo regalaron a mis ojos… Y ahí llega la parte en la que me quedo sin aliento y sin palabras… Sólo la vista es capaz de describir lo que captó en ese instante, pero es muda y fueron tantos los sentimientos que transmitió al resto de los sentidos, que fue imposible pasarlos a palabras concretas…

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Amanecer sobre el volcán Bromo

Con nuestros ojos encandilados de ver un amanecer deslumbrante sobre el primer volcán en actividad que nuestros ojos habían contemplado, empezamos nuestro regreso a la base… En el camino, los primeros metros fueron recorridos sin más que nuestros pies… Y en este trayecto, reconocimos que en la madrugada de ese mismo día habíamos estado rodeados de un paraíso sin siquiera notarlo… Estábamos caminando por callecitas diseñadas para que, gente como nosotros, pudieran apreciar la magia que los locales creaban día a día sin siquiera notarlo… Caminábamos entre miles de enormes huertas, con una incalculable variedad de vegetales que alimentaban a los habitantes del lugar… Y nuevamente me dejé volar por siglos pasados, por un par de horas… Hasta que fue momento de despedirnos de tan mágica experiencia… Hasta que fue momento de decir adiós a otra increíble aventura…_DSC1400

Callecitas del Bromo

Taciturnos, seguimos camino hacia los pies de la ciudad… La mini van que nos alojaba, nos dejó disfrutar de cada rinconcito del recorrido, lo que hizo que la despedida sea menos dolorosa…

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Monkey Temple – Ubud

Nuevamente, cuerpo sobre ruedas y… Horas después, estábamos listos para recorrer la última ciudad de este grandioso recorrido… Así, llegamos a Ubud, una ciudad que se caracteriza por las innumerables terrazas de arroz… Pasamos los días contemplando este maravilloso trabajo que daba de comer a millones y millones de personas, y daba trabajo a muchos otros… Era mágico encontrarse rodeado de campos verdes y gente trabajando en ellos… Se respiraba naturaleza y aire puro en cada esquina… Incluso la ciudad, que montaba un escenario turístico, no se escapaba de las manos de los auténticos cuidadores de culturas…

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Terrazas de arroz – Ubud

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Terrazas de arroz – Ubud

Nuestro último día había llegado… Nos encontró despistados… Nos encontró contemplando y descubriendo… Nos encontró desprevenidos… Y cuando quisimos darnos cuenta, un nuevo cubículo nos estaba llevando por los aires rumbo a casa…

Dentro del artefacto, tuve que desviar mis pensamientos, ya que los malos recuerdos sobre uno muy parecido, estaban aún latentes… Así fue que comencé a dejarme llevar por mis sentimientos… Me dejé escapar al principio, al comienzo de esta maravillosa aventura… La que empezó un día en Argentina, se mudó a Melbourne y se arriesgó a saltar al continente vecino… Empezó con miles de desequilibrios y de inseguridades, los que se fueron transformando en calma y alegría, hasta llegar al éxtasis de la felicidad absoluta… Una felicidad que nunca hubiese alcanzado si no me hubiese animado, casi 9 meses atrás, a dar un paso a ese primer salto…

Hoy, todo lo que tengo son palabras de agradecimiento hacia todos los que me bancaron en mis locuras, y también un gran orgullo de mí misma; porque si no me hubiese animado, nunca hubiese llegado a este remoto lugar… Hoy, siento que estos 3 meses de aventuras sobre un continente tan mágico, sólo fueron el motor inicial de un nuevo estilo de vida… Hoy, puedo confirmar que estas lágrimas de tristeza, por tener que abandonar mi vida de viajera constante, por un trío de meses, son sólo una confirmación de que mis pies van a volver al ruedo con más fuerzas y mayor energía que la que tienen… Hoy, es momento de volver a otro de mis hogares de paso, para establecerme por un tiempo mayor al que acostumbré durante el recorrido; un tiempo que me va a permitir reconocer mis cambios, ponerlos en práctica, deshacerme de todo lo que abunda o me hace mal, apuntar el siguiente destino, marcar el recorrido, leer su historia y volver a poner los pies en marcha; así que… ¡MANOS A LA OBRA!

 

LLEGA UN MOMENTO EN QUE ES NECESARIO ABANDONAR LAS ROPAS USADAS QUE YA TIENEN LA FORMA DE NUESTRO CUERPO Y OLVIDAR LOS CAMINOS QUE NOS LLEVAN SIEMPRE A LOS MISMO LUGARES. ES EL MOMENTO DE LA TRAVESÍA. Y, SI NO OSAMOS EMPRENDERLA, NOS HABREMOS QUEDADO SIEMPRE AL MARGEN DE NOSOTROS MISMOS.

FERNANDO PESSOA

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